Cuento destacado.

Curva del Cemento

Diether Flores Chumacero

Era el principio de verano (que según recuerdo) la mayoría de los días estaba tristemente seminublado.  El padre de familia, el tata, aquel que debe partir en busca de algo (mejor o unos cuantos billetes), se fue.  El tata tenía un ch’ulu azul, desapareció por la curva del cementerio, en un camión que un pariente compró, y llegó con el motorizado para dar a entender que un día partió para bien (supongo de los suyos).  Pasarían seguro varios meses, meses tristes, unos tres o cuatro meses.  No llegaban cartas, ¿por qué? ¡Qué importa!, al no haber cartas ni otras cosas raras, llegaban personas, no traían cartas sino unos uchus –rojos, verdes, medio amarillos- o una bolsita de coca, o un billete que no se podía despreciar sin importar los números.

Al recibir, el apachiku, se averiguaba la situación del tata, la única persona que podía inquirir a la visita -que también partió con el tata pero llegó más antes- era la mama.

Eran (siempre, les aseguro) meses un poco tristes para los dos hijos, el hermano menor, aún no tenía la suficiente consciencia, apenas articulaba ciertas palabras, por supuesto aquellas que ponía melancólicos a todos: tata, tatay, taaaataaaa…y, en las noches al momento de taparse con la cama por mucho tiempo anduvo con thanakuwan qhataku, thanakuwan qhataku.

El hijo mayor, es decir, el hermano mayor del que provocaba melancolías, era el compañero para las conversaciones nocturnas de la madre.  No contaba con la suficiente confianza de la madre, pero, sin fijarse en los porqués de la situación, se entregaba al charlataje que abordaba muchas cosas: cuentos, sueños, suposiciones y sueños en sentido de más sueño.

Muchos sueños se tornaban tristes, no tanto el sueño, sino lo que vosotros perros de escuela llamáis superstición; es decir, lo que ustedes jamás superéis; es decir, lo que vosotros hacéis con los asuntos lógicos; en fin, lo triste no era el sueño, sino el sueño-sueño, el re-sueño, del sueño su sueño [musqhuy].  Basta de calificativos.  Así pues, el sueño que olía a muerte era lo del Wiraquchi.

La mama contaba que el tal Wiraquchi se le aparecía en sueños, montado a caballo, puesta la corbata y demás atuendos; parece haber sido uno de los mismos que llegaron aquel día cuando los dos hermanos estaban dándose puñus y warak’azos -el uno al otro.  La figura excelsa, esbelta y donairosa aparecida sólo en sueño no podía ser otra cosa, sino la muerte misma.  Además por el lugar que aparecía, por t’iwu pampa, justo por el aya samana, lugar donde todos tendrán su último descanso – ya tiesos y sin poder respirar- en compañía de sus llorones y lloronas.

El Wiraquchi y t’iwu pampa qué más daba, más seguro algo fatal.  La mama se aferraba a lo más general, a la muerte o por lo menos enfermaría prolongadamente; si algo pasara, qué sería de sus hijos.  Quién sabe si se dolía por los hijos, cómo no, porqué no, cristianamente eso podría ser –los hijos.  Le preocupaba, también, aquéllos que le acompañarían a la tumba, es decir, aquellos que llorarían, aquellos que debían llevar el luto, aquellos que tal vez se disputarían sus bienes aunque sólo tenga nimiedades.  Al darse cuenta que no había muchos, se ponía a cantar.  Un canto que llamaba a vecinos que no fallan, a: puku puku, allqamari y los burros.

“Ñuqa wañuqtiy pichus waqanqa, puku pukuschá waqarikunqa,

Aymara chhunkara munasqita…

Ñuqa wañuqtiy pichus waqanqa, urqu wurruschá jayt’anakunqa

Aymara chhunkara munasqita.

Ñuqa wañuqtiy pichus waqanqa, allqamarischá luturikunqa

Aymara chhunkara munasqita.”

La canción, volvía de vez en cuando.

Cuando las criaturas preguntaban escolarmente el porqué de las cosas o de la canción –la madre- no dudaba a decirles que eran unos infelices.  Los retoños que no significaban mucho, el esposo lejos de la casa –allá donde todos van a aprender a cantar qhaluyus-, el wiraquchi de los sueños y los llamados a dolerse por ella –aunque no sé si vendrían: puku puku, allqamari y los burros; todo eso era el paisaje, no había más.

Un día, como de costumbre, sentados en la esquina mirando el t’iwu pampa y la curva del cementerio, vieron que alguien venía, no era el tata –por la simple y sencilla razón- que no traía el ch’ullu azul; pero al recorrer el t’iwu pampa torció para la casa, era él, por fin llegó anticipando todo el relato.

[Nota: apachiku, encomienda; uchu, ají; wiraquchi, deidad andina mítica o cualquier persona que luce atuendos llamativos y modernos; thanaku, especie de frazada; warak’a, honda; t’iwu, arena fina; aya, difunto; samana, lugar donde se acostumbra descansar; puku puku, ave silvestre que emite sonidos similares a su nombre “puku-puku”; allqamari, águila andino carroñero; urqu, macho; qhaluyo, ritmo musical parecido a los huayños]  

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